lunes, 28 de marzo de 2016

Películas - Años 30: Los 39 Escalones (1935)


THE 39 STEPS (8/10)

-Una bella y misteriosa mujer perseguida por pistoleros. Parece una novela de espías.
-Y eso es en realidad, solo que a mi me gusta más la palabra agente.
-¿Agente? ¿De qué país?
-De cualquiera que me pague.
-¿Cuál es su patria?
-Yo no tengo patria.
-Nació en un barco, ¿eh?

Hablar sobre Alfred Hitchcock no es solo hablar de la historia del cine, es hablar de la propia esencia del cine. A la hora de recordar a determinados artistas, principalmente actores y actrices, solemos tender a vanagloriarlos sin tener muy en cuenta su propio talento. Priorizamos sobre su propia imagen, y dejamos de lado en ocasiones lo que pudieron llegar a aportar a sus cintas. Pocas veces vemos al director o al guionista, sabemos de ellos únicamente por su talento a la hora de realizar su trabajo. De nada sirve que fueran celebridades fuera de la pantalla. Sino eran capaces de demostrar su valía para con su oficio, no contaban con nuestro reconocimiento. Es por eso que a la hora de reconocer la maestría de cualquier técnico cinematográfico, no hablamos en balde. Hitchcock es un buen ejemplo de ello. El director británico nos mostró otra forma de hacer cine. Patentó un estilo que ha influido en directores posteriores y ha servido para infinidad de estudios, artículos, análisis, etc... Su trabajo está reconocido por méritos propios, y la cinta que os traigo hoy no es sino otro claro ejemplo de ello.
Si bien es cierto que Hitch desarrolló gran parte de su carrera, o al menos sus trabajos más célebres, en los EEUU, no podemos olvidar que este genio inició su andadura en el mundo del cine en su país natal, Reino Unido (aunque el rodaje de su primer largometraje se llevase a cabo en Munich). Su llegada a los Estados Unidos estuvo precedida por una serie de éxitos como El jardín de las alegrías; El Ring; Blackmail (primera película sonora británica); El hombre que sabía demasiado (que tendría una nueva versión en los 50s superior a la original con un gran James Stewart); El agente secreto; Posada Jamaica; Enviado Especial... pero de todos estos títulos que forman parte de la etapa británica del director de Psicosis, quisiera quedarme con mi favorita, Los 39 escalones.

Richard Hannay es un canadiense que está disfrutando de unas largas vacaciones en Reino Unido cuando una noche conoce en un teatro de Londres a una joven que posteriormente le confensará ser una "agente" que es perseguida por espías de una organización llamada Los 39 escalones. La razón es haber descubierto una conspiración para robar unos importantes secretos militares. Esa misma noche, la joven muere apuñalada en el apartamento de Richard, no sin antes advertirle del peligro que corre y que ha de encontrar a un hombre en Escocia con la punta de uno de sus dedos cortada. Aunque logra escapar del apartamento, que estaba siendo vigilado, comenzará una persecución por todo el país tanto por la policía (que le acusan del asesinato de la joven) como por parte de la organización enemiga.
Para comprender la importancia de esta cinta resulta necesario conocer al menos en parte la filmografía de Hitch. Nos encontramos con dos factores interesantes que acabarán formando parte esenciales de algunas de las historias del director. Primero, el desarrollo de la historia y la acción que vive el personaje principal. Una persona normal y corriente que se ve enfrentado por cuestión del azar a una situación que le sobrepasa pero de la que no tiene más remedio que continuar huyendo. En este caso, el protagonista en un simple y inocente turista canadiense que se ve obligado a huir de una serie de personas que le persiguen por las razones equivocadas pero que dificilmente van atender a razones. Otras causas le impiden entregarse o rendirse, principalmente su propio carácter o algo que está en juego. Esto es algo que veremos en otras cintas de Hitchcock como Inocencia y juventud; Enviado Especial; Sabotage; y una de sus películas más aclamadas y donde mejor expone lo anteriormente mencionado, Con la muerte en los talones. El otro factor es el uso de la archi conocida herramienta del director, el MacGuffin. Este era el termino que empleaba para confundir al público con respecto a la posible resolución de la trama. Dar importancia a algo que capta la atención del espectador para que este no perciba la auténtica realidad. Es en esta película donde Hitchcock usa este elemento por primera vez. A todo esto hay que añadir otras señas de identidad propias del director como un ágil uso del montaje que aporta un ritmo trepidante a la historia; una fotografía cuidada y atrevida para la época; un guión perfectamente trabajado, en este caso por Charles Benett; la chica rubia con un fuerte y enigmático carácter; todas estas características dotan a la cinta de un atracción inequívoca para con el espectador que no puede despegar los ojos durante 80 minutos de la pantalla ávido de saber más y llegar al final al igual que su protagonista.

Hablando de este mismo, el papel fue a parar a las manos del actor británico Robert Donat, quien el año anterior había protagonizado la exitosa El conde de Montecristo (Rowland V. Lee, 1934), y que ganaría el Oscar pocos años después por su trabajo en Adiós, Mr. Chips (Sam Wood, 1939). Mientras que el papel femenino fue para la también británica, Madeleine Carroll, conocido por sus papeles en Titanic: Disaster in the Atlhantic (Ewald André Dupont, 1929) o Paz en la Tierra (John Ford, 1934). Lo que caracterizaba a estos dos actores en que ambos eran conocidos para el público norteamericano, y es que otro de los factores a tener en cuenta de esta película es que fue concebida para pasar el gran charco en busca de espectadores en EEUU. El Reino Unido contaba con una industria menor comparada con la estadounidense, la mayoría de sus artistas emigraban allí y resultaba una difícil tarea la de competir contra ellos (al igual que hoy en día), por lo que la productora, Gaumont British, decidió inventir una buena suma de dinero (un 30% más que la anterior película de Hitchcock) para aumentar sus opciones de hacer taquilla en el país norteamericano. Y funcionó... la película fue un éxito tanto de crítica como de público. A día de hoy sigue siendo considerada una de las mejores películas británicas de la historia del cine, además de posiblemente la mejor de la etapa británica de Alfred Hitchcock.
Como colofón final, la cinta cuenta con una genial escena de persecución en las Highlands escocesas con un helicóptero de la época.

Podéis ver la película online aquí:


@solocineclasico

lunes, 14 de marzo de 2016

Películas - Años 60: El Tren (1964)


THE TRAIN (9/10)


-La belleza pertenece a los hombres que saben apreciarla.

Reconocer el nombre de un director, es reconocer (por lo general) que al menos presentó al mundo una obra que mereció la pena. Esto en el peor de los casos. En otros, podemos recordar varios títulos más, y dependiendo de su cronología, podemos hablar de carrera irregular si sus mejores trabajos se combinaron en el tiempo con otros menos buenos; o de época dorada, si al contrario, estos tuvieron una continuidad. Podemos decir que John Frankenheimer vivió su particular época dorada a principios de los años 60s. Jamás volvería a vivir una racha de éxitos tan continua como aquella. Y es que estamos hablando de que en el lapso de unos pocos años estrenó cuatro películas de renombre, y consideradas como de las más importantes en sus respectivos géneros: El Mensajero del Miedo, El Hombre de Alcatraz, Siete días de Mayo, y la película que pasamos a revisionar el día de hoy, El Tren.
La historia nos lleva hasta la Francia de la Segunda Guerra Mundial, pocos días antes de que los aliados tomen París. El alto mando alemán se apresura en recoger todo aquello de valor de la capital francesa antes de escapar, incluido numerosas y diversas obras de artes que forman parte del patrimonio de la república y de su orgullo nacional. El Coronel Franz von Waldheim (Paul Scofield) lleva a cabo la misión de trasladar el mayor número de cuadros posibles a Alemania, dando prioridad a estos por delante de las vidas de sus propios hombres. Pero el viaje no será sencillo, ya que tendrá que superar los distintos obstáculos hábilmente planeados por los trabajadores del ferrocarril, liderados por Paul Labiche (Burt Lancaster), el cual se muestra contrario a arriesgar la vida de sus compañeros por salvar aquellos cuadros.
Quizás a algunos os pueda sonar en parte el argumento a la película de 2014 protagonizada y dirigida por George Clooney. En su caso, un grupo de expertos en arte y arquitectura acompañan a las tropas aliadas durante su marcha por Europa para recuperar las obras de artes expoliadas por las tropas alemanas. La película fue justamente acribillada por la crítica, ya que Clooney pecó, en mi opinión, de un exceso de demagogia, siendo incapaz de mostrar con fuerza el debate de arriesgar una vida humana por la importancia de la cultura. El discurso está presente en la película, pero no llega a convencer al espectador. Clooney carece de la capacidad de Frankenheimer de mostrar la crudeza de dicho sacrificio, además de otros aspectos. De hecho, todos los puntos a favor de la cinta de 1964 que me dispongo a reseñar brillan por su ausencia en la película de 2014, lo cual pueden ayudar a entender más aún el fracaso de película de What Else?


Para empezar, Frankenheimer muestra con gran facilidad, una innata habilidad para desarrollar un proyecto ambicioso pero necesitado de un director minucioso en detalles, rozando lo quirúrgico. A diferencia de sus principales trabajos anteriores, en los que a pesar de un gran sentido del ritmo, las emociones resultaban más contenidas. En esto último El Tren resulta todo lo contrario, ya que al tratarse de un cinta bélica transitamos entre escenas de acción en los que el montaje de David Bretherton y la fotografía de Jean Tournier, dirigidos con maestría por Frankenheimer, hacen las delicias del espectador, al igual que en los momentos más pausados donde se desarrolla mucho más el argumento que la propia acción. Para ejemplificar todo lo mencionado anteriormente pasamos a ver la siguiente escena, en ella somos testigos de como Labiche, junto a los otros dos miembros de la resistencia son atacados por un avión aliado durante un trayecto.
Frankenheimer nos presenta el tren, el recorrido, y a los protagonistas: por un lado los maquinistas, por el otro el Spitfire. Pero la acción no tarda en producirse. El avión les ataca. Ellos no pueden devolver el golpe o defenderse, únicamente cubrirse con el propio tren y esperar que el avión yerre el tiro. El montaje durante los dos primeros ataque poseen un ritmo apropiado, minucioso, hasta explicativo, resulta innecesario mostrarlo de manera diferente. Pero entonces el personaje de Burt Lancaster ve "la luz" al principio de un túnel, allí estarán a salvo. La emoción del espectador aumenta, por lo que resulta imprescindible un aumento del ritmo de la escena. Frankenheimer lo lleva a cabo a través de un montaje cuya velocidad se acrecienta progresivamente como si de los latidos de un corazón se tratase. Una vez dentro del túnel el ritmo desacelera, como es normal, pero como gran detalle final, uno de los maquinistas tira de la cuerda del silbato de la locomotora con fuerza y rabia contenida como si de un profundo resoplido humano se tratase. Esto es El Tren, una obra maestra de la técnica.
Y no podemos dejar de mencionar a uno de los grandes impulsores de este proyecto, Burt Lancaster. Uno de esos actores de raza, que si bien jamás pisó una escuela de interpretación, no le hizo falta para dejarnos algunas de las mejores interpretación de la etapa clásica. Al afianzar su figura como estrella, Lancaster se inmiscuyó de una manera más directa y profunda en el proceso de producción de sus cintas, convirtiéndose en productor, y eligiendo a dedo tanto a directores como miembros del reparto. El director original de El Tren iba a ser Arthur Penn, pero desavenencias con Lancaster obligan, tras tres infructuosos días de rodaje, a la productora a traer a Frankenheimer, quien aprovechó la situación para que su nombre apareciese en los créditos junto al título, el control total sobre la producción (esto último se nota), y un Ferrari. Pero no os llevéis una impresión errónea de Lancaster, ya que si bien podía tomar decisiones acertadas o erróneas, de lo que no se puede dudar es de la total entrega y dedicación para con el proyecto. Justo antes de comenzar a rodar, el actor tuvo que aprender (como ya hiciera en su día Buster Keaton en su obra maestra El maquinista de la General) a conducir una locomotora para que su interpretación resultase más creíble. Además, Lancaster compone un personaje a priori simple pero mucho más universal de lo que podríamos pensar en un primer momento. Labiche representa a todos aquellos que lucharon a la sombra. Aquellos que sacrificaron su vida por la libertad de sus semejantes. Aquellos que peleaban en ocasiones por motivos más grandes o incomprendidos que ellos mismos, pero que aún así, luchaban. La película esta dedicada a estos valientes, en este caso los ferroviarios franceses, sin los que la película no se habría podido llevar a cabo en más de un sentido.
También destacar el trabajo del genial Paul Scofield como oficial alemán, quien capta en todo momento, como buen interprete británico, la frialdad y obsesión de von Waldheim. Mencionar también la presencia de la actriz francesa Jeanne Moreau, y por supuesto del reputado actor suizo, Michel Simon en un pequeño, pero contundente papel.
En definitiva, una de esas joyas que el cine bélico nos aporta cada cierto tiempo, que se arriesga a algo más que mostrarnos la guerra, a contar una historia con muchas vertientes y conclusiones. Dotada de una técnica que sobrepasa la perfección, y que resulta una clara lección de como sacar adelante un proyecto. Esperemos a Mr. Clooney tome nota para su siguiente trabajo.


@solocineclasico
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