jueves, 17 de diciembre de 2015

Películas - Años 20: La viuda del párroco (1920)


PRÄSTÄNKAN (8/10)

-Construimos nuestra felicidad con la muerte de otra persona como esperanza.

Mucho tiempo que no traigo alguna joya del cine mudo, y es algo que me pesa ya que se trata de una de las etapas de la historia del cine que más me fascinan. Más como fueron aquellos años (Berlín, París, Hollywood) y la evolución del lenguaje cinematográfico que por las propias películas. A pesar de todo, no cuesta mucho encontrarnos con cintas que aún a día de hoy sigue sorprendiendo al espectador por la intensidad, fuerza y calidad de la misma. Y entre toda esta afluencia de nuevos directores dispuestos a revolucionar el mundo del cine por su modo de enterder el mismo, nos encontramos con el curioso caso de Carl Theodor Dreyer, director de origen danés que supo caracterizar a sus películas con un estilo único, característico, y sin apenas ningún tipo de influencia externa. A él le debemos obras como El Presidente, Los Estigmatizados, La Pasión de Juana de Arco, Vampyr, Dies irae, Ordet o Gertrud. La película que nos ocupa hoy merece, sin duda alguna, un lugar entre los films anteriomente mencionados.
La historia  nos traslada hasta la Dinamarca del siglo XVII en la que Söffren, un joven que acaba de terminar sus estudios para ser predicador, busca una parroquía de la que hacerse cargo de manera que pueda establecerse y casarse con su prometida, Mari. Tras competir con otros dos candidatos, obtiene el cargo de párroco tras ser elegido por la viuda del anterior, Margarete. Lo que el joven protagonista no sabe es que la tradición considera que el nuevo párroco ha de casarse con la viuda del anterior, de manera que Söffren aceptará casarse con Margarete, cincuenta años mayor que él con la esperanza de que muera pronto y así poder casarse con Mari.
Dreyer acababa de estrenar El Presidente, un año antes, y en esta ya muestra sus principales inquietudes como cineasta. Retratar con un prisma crítico, en mayor o menor medida, la sociedad, tanto de su época, como la de épocas anteriores pero cuyas costumbres y maneras siguen arraigadas en su actualidad. Su primer trabajo trataba sobre la diferencia de la justicia moral, y la justicia "de los hombres", y de la consecuente injusticia surgida cuando hombres, en condición de tomar la decisión final, pecan de cobardía a la hora de hacerlo al verse incapaz de discernir entre los dos tipos de justicia. En su segundo trabajo, La viuda del párroco, Dreyer vuelve a tocar el tema de la religión y las costumbres, y su importancia en la vida de las personas. Como estas afectan las decisiones de estos, incluso a los más implicados en las mismas (el caso del nuevo párroco y la viuda del anterior), pero que paradojicamente, no se ven alteradas de ninguna manera. La historia en si no tendría mucho más valor sin el desenlace de la misma, en la que Söffren, y por ende el espectador, descubren como la viuda también sufrió en sus propias carnes a causa de la tradición de que el párroco debía casarse con la viuda del anterior al heredar su iglesia y congregación. Ella misma llegó a aquel pueblo acompañando a su prometido, el cual aspiraba a hacerse con el puesto de párroco. Sin embargo, se vio obligado a casarse con la anciana viuda del anterior, con la esperanza de que su pronta muerte les permitiese contraer oficialmente matrimonio. Söffren confiesa la verdad sobre Mari a Margarete, pero esto no hace más que apiadarse de ellos y, quebrantando la tradición, permite a Mari vivir con el como si de su mujer se tratase, con la esperanza de borrar su pecado ante Dios.

Conociendo el tono sobrio de las películas posteriores de Dreyer, me sorprende encontrar en este un tono de comedia que alterna con el drama, no sin mucho éxito en mi opinión. Estos serían los momentos en los que Söffren trata en vano de verse con Mari a escondidas sin que Margarete les descubra. La historia pierde fuerza y credibilidad en dichos momentos y eso, en mi opinión, desmejora una, por otra parte, gran película.
A pesar de todo, siempre merece la pena redescubrir clásicos europeos como estos firmados por un director de una gran importancia, como fue Carl Theodor Mayer.

@solocineclasico

jueves, 10 de diciembre de 2015

Películas - Años 30: Horizontes Perdidos (1937)


LOST HORIZON (7/10)

Cuando hablamos de determinados directores se nos vienen a la cabeza algunos de sus mejores títulos, y por lo general suelen compartir características similares. Si pensamos en David Lean, pensamos en cine épico; si lo hacemos sobre Billy Wilder, se nos dibuja una sonrisa en la cara por algunas de sus comedias; con Ford agachamos la cabeza para sortear alguna flecha india... esto por poner unos pocos ejemplos. Si repasamos su filmografía no fueron directores que se encasillaron, aunque si que aportaron su talento para un determinado género. A pesar de todo, Lean nos regalo un maravilloso drama romántico como Breve Encuentro, Wilder una joya del cine negro como Perdición, o Ford una soberbia comedia romántica como El Hombre Tranquilo. Hubo otros directores mucho más encasillados, como por ejemplo el maestro de maestros, Ernst Lubitsch, entre los que sorprende encontrar una rara avis como Remordimiento. Una historia muy alejada de sus conocidas comedias. Otro director que, especialmente durante los años 30 y 40, se dedicó en cuerpo y alma a legarnos algunas de las mejores comedias sofisticadas de la época fue el italiano Frank Capra. Las historias de este director buscaban trasmitir un halo de esperanza a través de comedias e historias de amor a una sociedad, la norteamericana, que a causa de la crisis lo estaba pasando realmente mal. Al igual que con Lubitsch, nos encontramos con una cinta que se aleja un tanto del cine al que tiene acostumbrado el director durante la década de los 30s en la que ganaría cinco Oscars. La historia viene a contar lo siguiente:
Robert Conway, un idealista y aventurero diplomático acaba de ser nombrado Secretario de Asuntos Exteriores por el gobierno británico, y ha de partir inmediatamente desde Baskul hasta Shanghai, donde le espera un barco que le llevará a Londres. Junto a él van los últimos supervivientes occidentales que han logrado subirse al último avión que partía desde el aeropuerto a causa de la revolución. Estos no tardarán en descubrir que el avión ha tomado otra ruta, dirección al Tibet. Tras sobrevivir a un accidente aéreo en mitad de la cordillera del Himalaya, son rescatados por un grupo de habitantes de una ciudad secreta entre las montañas llamada Shangri-la. Como si de un paraje utópico se tratase, los pasajeros del avión siniestrado descubriran que Shangri-la resulta un paraje idílico de paz y armonía. Aislada entra las montañas, y víctima de un extraño fenómeno meteorológico, la ciudad disfruta de un constante y agradable tiempo primaveral; la envidia, el odio, el rencor, la avaricia, son características que desconocen; además de que la gente, apenas envejece. A pesar de sus recelos iniciales, los protagonistas de la historia no tardarán en preguntarse si merece la pena quedarse en aquel mundo de ensueño, o por el contrario, volver al despiadado mundo que acaban de dejar atrás.
Aunque como apuntaba al principio, nos encontramos con una película algo diferente a las que nos tiene acostumbrados el director de Sucedió una noche, Capra no deja de contar la misma historia de siempre. Una historia esperanzadora, una evocación de mundos mejores al alcance de la mano si todos ponemos de nuestra parte. Basada en la novela homónima de James Hilton, la historia nos traslada a un lugar idílico como ya hicieran Tomás Moro en Utopía y Tomas Campanella en La ciudad del sol, en el que todo lo bueno y hermoso es posible. Donde la ausencia del mal y la plenitud de la felicidad, permite una vida agradable y placentera. Basado en la tradición budista del reino oriental de Shambhala, un lugar habitado por hombres sabios, justos y buenos, a la espera de que el mundo entre en una devastadora guerra de la que saldrán dispuestos a empezar una nueva era dorada eliminando todo lo malo. Curiosamente, esta historia nos llega poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más pernicioso de nuestra historia. De existir un auténtico Shambhala o Shangri-la, seguramente nunca hayan contado con una oportunidad mejor que esta. Quizás tras un apocalipsis nuclear... pero la verdad es que resulta indiferente. Lo importante es la idea, el mensaje que trasmite. Esperanza de un mundo mejor si nos hacemos responsable del actual. No es necesario estrellarse en los picos del Himalaya para encontrar esa ciudad perdida. Entre todos podemos y debemos construir nuestra propia Shangri-la.
Capra demuestra en esta cinta, como practicamente en todas las que dirigió, que es todo un artesano. La película tiene grandes momentos, pero da la impresión de que la empresa le vino demasiado grande. La complejidad de la historia, lo imposible de trasmitir todo a la gran pantalla evitando diálogos interminables, y las tijeras de la productora acabaron dando lugar a un productor algo inferior de lo esperado. El director contó con un presupuesto elevado, sin embargo, el rodaje sufrió retrasos ante la inseguridad de Capra por las dimensiones del proyecto. Rodó con varias cámaras a la vez desde diferentes ángulos para aprovechar al máximo la fotografía. Repitió escenas en numerosas ocasiones ya que no le convencía, en ocasiones el maquillaje, en otras la actuación de uno de los actores. Hubo problemas también durante el rodaje de las escenas en la nieve, en la que parte de las cámaras y los micrófonos se estropearon por las bajas temperaturas. Tras varios retrasos, y un presupuesto que se elevó de manera alarmante, Capra presentó un primer corte de seis horas. Los productores pensaron en dividir la película en dos partes, pero ante la imposibilidad, se realizaron cortes que dejaron la cinta en tres horas y medias. Se llevó a cabo una proyección de prueba que resultó todo un fracaso. El público se levantaba del asiento y se iba, o se quedaban riéndose en momentos que aparentemente no eran divertidos. La productora canceló la fecha de estreno, realizando un nuevo corte que dejó la cinta en 137 minutos, que fue la que se proyectó finalmente en las salas. Sin embargo, la baja recaudación, y la necesidad de hacer taquilla para recuperar la inversión, obligó a los productores a cortar otros 14 minutos de película, lo que les supuso una demanda por parte de Capra. Y si conocemos la filmografía del director, somos conscientes de que se enfrentó a un rodaje difícil, dejandonos un producto diferente. Paradojicamente, quizás las mejores escenas de la película son todas aquellas que no trascurren en la ciudad de Shangri-la, es decir, el inicio en el aeropuerto Chino, el posteriores secuestro en avión, y la parte final huyendo por las montañas. Las escenas en la idílica ciudad aportan un ritmo mucho más lento a la cinta. Los decorados dejan mucho que desear, y la representación del benerable Gran Lama, interpretado por Sam Jaffe, asustan al más valiente. La esencia de la historia en Shangri-la me dejan un mal sabor de boca, como de intento fallido por parte de Capra de querer contarnos algo grande, pero verse incapaz de hacerlo. No sé si por su culpa o por el trabajo de su guionista habitual, Robert Riskin
Hay que destacar la labor del actor protagonista de la cinta, Ronald Colman, primera y única opción para Capra, y por quien retrasó el proyecto un año hasta que el actor estuviese disponible (tiempo que aprovechó para rodar El Secreto de Vivir). Además del resto del reparto, como H. B. Warner o Thomas Mitchell, habituales de Capra.

A pesar de los problemas relatos anteriormente, gran parte de la crítica alabó la cinta por su cuidada fotografía, la fuerza de la historia, y el cuidado en los detalles técnicos. La película logró siete nominaciones a los Oscar aquel año, alzando dos estatuillas.
Una película diferente, dentro del género de aventuras, que ha sufrido mucho para llegar hasta nuestros días, pero que merece la pena recomendar y visionar, aunque sea que por una vez en la vida, nosotros también visitemos Shangri-la.


@solocineclasico

lunes, 7 de diciembre de 2015

Películas - Años 60: Harakiri (1962)


 SEPPUKU (10/10)

Artículo a artículo, y con sumo placer, os voy desgranando algunas de las mejores películas del cine clásico japonés, una maravillosa filmografía algo relegada para el público actual salvo por unos pocos títulos, principalmente de Kurosawa, y que tiene mucho que ofrecer al espectador. La cinta que os traigo hoy es especial, ya que si bien el nombre de su director suele aparecer muy por detrás de otros conocidos directores a la hora de mencionar a los más importantes y conocidos, paradojicamente no resulta extraño encontrar esta película, no solo entre las mejores, sino como la mejor película japonesa del periodo clásico.
Japón, 1630. Un samurái de edad avanzada acude a la casa de un noble y pide permiso para poder efectuar el ancestral rito de suicidio conocido como hara-kiri, el cual consiste en abrirse el estómago con una espada corta y que un segundo samurái decapite al primero lo más rapidamente posible de un solo tajo con su espada. Ante dicha petición, el noble decide narrar al samurái la estremecedora historia del último hombre que acudió a su hogar con la misma petición, y le recomienda que de marcha atrás si su intención es únicamente obtener compasión y un par de monedas con las que paliar la situación de pobreza que viven tanto samuráis en tiempos de paz como el último. Este asegura que quiere seguir adelante con la ceremonia si se le permite, pero a condición de contar su propia y dramática historia.
No es la primera vez que os traigo una cinta del maestro japonés Masaki Kobayashi, y es que no estamos hablando de un cualquiera. Cuando los expertos hablan de los mejores cineastas japoneses no faltan Kurosawa, Ozu y Mizoguchi, principalmente (en ocasiones también se recuerda a Naruse y Teshigahara), pero Kobayashi suele estar relegado a un segundo plano, al igual que estos dos últimos. La extensa filmografía de los tres primeros les permite estar en el podio de manera justa, eso no admite discusión. En el caso de Kobayashi, sin tener una filmografía corta, si que cuenta con pocos títulos que cuenten con la misma repercusión, pero cinco de ellos sobresalen por encima de la media, y en concreto la cinta que os traigo hoy.
Tras el exhaustivo y épico rodaje de la trilogía de La Condición Humana, Kobayashi se interesa por el guión de Shinobu Hashimoto (basado en una historia de Yasuhiko Takiguchi), el cual trata temas que el director ya había tocado en su trilogía. Víctima de la guerra, pacifista convencido, Kobayashi se sumerge de lleno en el lado más desconocido de los samuráis, y que ya había tratado, aunque en menor medida, el propio Kurosawa en Los Siete Samuráis, y desmitifica el sentido del honor de estos. El samurái no es más que la figura idealizada de un guerrero al servicio de un señor y que ha de defender a este y a su honor con su espada a cualquier precio. Pero sin un señor al que defender, o una guerra en la que luchar, el samurái no puede hacer mucho más, no sabe hacer otra cosa ni conoce otra manera de vivir. Esto fue lo que ocurrió a partir del siglo XVII tras el establecimiento del shogunato Tokugawa en el que la abolición o disminución de los diferentes clanes repartidos por todo Japón dejó en las más absoluta pobreza a miles de samuráis. Estos se vieron obligados a ofrecer sus servicios a otros nobles, mendigar, cambiar de profesión, convertirse en rōnin (samuráis errantes sin amo, mercenarios) o suicidarse por la vergüenza. Harakiri no es más que una de las muchas historias de un samurái caído en desgracia y la dramática situación de la que se verá afectado. Pero por si la desmitificación del samurái no fuese suficiente, el guión va más allá, y realiza una dura crítica hacía el propio sentido del honor de los señores y nobles feudales, el cual camuflaba una fuerte hipocresía.

Para el papel principal del samurái caído en desgracia, Tsugumo Hanshirō, Kobayashi no dudó ni por un momento en contar con su actor fetiche, Tatsuya Nakadai, una de las estrellas japonesas en aquel momento y que ya había trabajado con él en La Condición Humana. Tras esta trilogía, cuesta recordar un trabajo mejor de Nakadai, sin embargo, el papel de Hanshirō es aún a día de hoy uno de los más importantes de la filmografía clásica japonesa.
La película ha logrado relevancia con el paso de los años, siendo a día de hoy, una de las películas más celebres e importantes de la filmografía japonesa. Pero ya desde su estreno obtuvo un gran éxito. Debido a lo novedoso del tema, y al ritmo (más propio del cine occidental) que dota Kobayashi a su cinta, tuvo buena aceptación fuera de Japón, logrando el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes. En el año 2011 tuvo un remake que copia practicamente cada plano de la cinta, pero que carece de la fuerza del original.

Podéis ver la película online en versión original con subs en inglés aquí:


@solocineclasico

sábado, 5 de diciembre de 2015

Películas - Años 30: Robín de los bosques (1938)


THE ADVENTURES OF ROBIN HOOD (8,5/10)

Me encuentro con un dato curioso al repasar unos cuantos títulos de los años 30, y es que da la casualidad que en dicha década se rodaron algunas de mis películas de aventuras favoritas. Algunas han envejecido mejor que otras, pero incluso eso es un factor que no puede superar la añoranza de emocionarme con estás cintas que tanto me cautivaron tanto de pequeño como de adulto. Puede que resulten acartonadas en muchos sentidos, muy alejadas de la estética actual, mucho más realista y con mayor número de recursos, pero opino que tienen mucha más magia que cualquier producción del género de los últimos años, salvo contadas excepciones como la trilogía del señor de los anillos. Da gusto ver que la década de los 30s, marcada por los musicales, el cine de gangster y la comedia romántica, también tuvo tiempo para el cine de aventuras con joyas como Capitanes Intrépidos (Victor Fleming, 1937); King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933); La Isla del Tesoro (Victor Fleming, 1934); Tres lanceros bengalís (Henry Hathaway, 1934); La Patrulla Perdida (John Ford, 1934); La tragedia del Bounty (Frank Lloyd, 1935); Horizontes Perdidos (Frank Captra, 1937; El Prisionero de Zenda (John Cromwell, 1937); La Diligencia (John Ford, 1939)... por solo mencionar unos pocos títulos.
Los años 30 servirían para asentar las bases de este tipo de cine que no volvería a despuntar hasta casi los años 50, con el género épico como La Reina de Afríca (John Huston, 1951); Los 10 Mandamientos (Cecil B. de Mille, 1956); o Ben Hur (William Wyller, 1959). Muchos de los títulos estrenados en la década de los 30 tendrían nuevas versiones o remakes con el paso de los años, y entre dicho listado no podía faltar una historia tan conocida del folclore medieval inglés como la de Robin Hood, la cual ya había tenido una primera versión en 1922 a cargo de Douglas Fairbanks.
Inglaterra, siglo XII. Tras varios años luchando en las cruzadas, en Tierra Santa, la noticia de la captura del rey inglés, Ricardo Corazón de León, por parte de Leopoldo V, duque de Austria, da carta blanca a su pérfido hermano, Juan sin Tierra, a ejercer como regente en su nombre de manera tiránica. Para ello, pone a los nobles normandos de su parte para ajusticiar sin piedad a los sajones. La población sufre una dura carga de impuestos que no son destinados al rescate de Ricardo, sino a las propias arcas de Juan, el cual trata por todos los medios que el rescate no tenga lugar y su hermano se pudra en su celda. Pero Juan no tardará en encontrar resistencia por parte del pueblo llano, liderados por un noble sajón, fiel a Ricardo, y dispuesto a luchar por el pueblo. Su nombre, Robin de Locksley, o Robin Hood. Considerado como un proscrito, Robin y sus hombres se dedicaran a asaltar a los ricos transeuntes que cruzan el bosque de Sherwood para dar el dinero a los pobres y necesitados. Juan sin Tierra, junto al temible sir Guy de Gisbourne, tratarán por todos los medios de hacerse con el encapuchado, aunque para ello tengan que utilizar a la prometida de Guy, la hermosa Lady Marian, de quien Robin está enamorado.


En 1935 la productora Warner Brothers estrena una película de aventuras en alta mar que resulta todo un éxito y supone el impulso definitivo para invertir en el género de aventuras. La película era El Capitán Blood, cinta dirigida por Michael Curtiz, y protagonizada por Errol Flynn y Olivia de Hallivand. Y es que este trío volvería a trabajar hasta en cinco ocasiones más para la Warner, reportando a la productora grandes éxitos. En 1936 volverían con La carga de la Brigada Ligera, y finalmente, en 1938, una de las mejores cintas del género, Robín de los Bosques.
Conscientes de que el género de aventuras reportaba grandes éxitos en taquilla, la Warner decidió apostar por dicho género, especialmente tras Capitán Blood. Por ello reunió un gran presupuesto para llevar a la pantalla nuevamente al conocido héroe inglés, Robin Hood. Se pensó en un principio (y aún me cuesta creerlo) en James Cagney, una de las grandes estrellas de la Warner en ese momento, para dar vida al personaje principal, pero este rescindió el contrato con la productora, por lo que finalmente el papel recayó en Errol Flynn, otras de sus estrellas. A su vez, no fue Curtiz quien se sentó en un primer momento en la silla del director, sino William Keighley, un director bien considerado en la Warner, aunque prontamente sustituido por el director de Casablanca. Nadie mejor que Olivia de Hallivand para acompañar a Flynn en la película y dar vida a Lady Marian, un personaje que tenía que destacar por un sincero, dulce y profundo amor y fidelidad hacia el personaje de Robin. Sin olvidar por supuesto al mítico Claude Rains como Juan sin Tierra y a Basil Rathbone como sir Guy de Gisbourne, que protagoniza un inolvidable duelo de espadas al final con Errol Flynn. Considero que cada una de las decisiones que se tomó para llevar a buen puerto la película fueron como mínimo, acertadas. Desde el aumento de presupuesto, la elección del reparto artístico y técnico, el uso de cámaras de technicolor (hasta once), para traernos una emotiva cinta de amor, aventuras y honor.


Y es que hay muchos más que eso tras el desfasado traje verde que porta Errol Flynn durante casi dos horas de película. El personaje, la película, la historia en resumidas cuentas, están cargados de simbolismos que llegan al espectador, como la lucha justiciera que encarna el personaje protagonista. Los más fuertes, en este caso parte de la nobleza y el clero, abusan de manera injusta de los débiles, representados por los campesinos, evocando una clara lucha de clases o estamentos. Uno de esos nobles, poseedor de los valores propios del caballero medieval (honor, justicia, valor, liderazgo), se pone del lado de los indefensos como su líder. No quiere nada de ellos, ya que no tienen nada que ofrecerle. Únicamente ayudarles a defenderse de sus enemigos, devolverles el dinero que han ganado con su trabajo y esfuerzo, y reunir el suficiente para rescatar a su rey. Es un persona que cautiva a las masas, siempre en una búsqueda inconsciente de un líder (por favor, que no se malentienda el termino) justo que les defienda en momentos de adversidad. Si además, dicha persona resulta cercana y carismática, tienes al héroe perfecto. Unas características que pocos actores en la historia han sabido representar mejor que Errol Flynn, posiblemente en el mejor papel de su carrera. Un actor atractivo, atlético, divertido, con personalidad, capaz de derretir a cualquier mujer sobre la que posara la mirada, y al que difícilmente podías odiar, incluso tras robarte la chica.
¿Estamos ante la mejor película de Robin Hood? Os invito al debate. Sin duda alguna versiones posteriores, contando con mejores medios, buscaron de manera intencionada alejarse del estilo visual de la cinta, la cual ha llegado a ser ridiculizada con el paso de los años (el forzado color, el vestuario, los decorados), para centrarse en una mayor dosis de realismo. Pero al hacerlo, han perdido por completo el espíritu y los valores de la cinta. Valores que han perdido fuerza a día de hoy y que dificilmente veremos en una cinta actual. Sin ellos, Robin Hood no tiene sentido.


@solocineclasico
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