miércoles, 1 de julio de 2015

Películas - Años 40: Cayo Largo (1948)


KEY LARGO (8/10)

Lo mejor que se puede decir de un director irregular es que al menos contó con una época en la que dirigió buenas películas, a lo mejor un par seguidas, o incluso tres, a lo largo de tres, cuatro, cinco años. Si se da el caso, podríamos considerarlo como la época dorada de dicho director o cineasta en general. Si bien John Huston no tuvo una carrera irregular, ya que lo peor que se podía decir de sus películas es que eran entretenidas, sin apenas fracasos o películas menores, si que contó con una época dorada con títulos que sobresalieron sobre el resto, y esta es, en mi opinión, finales de los años 40, principios mediados de los 50. Huston nos trajo durante esos años películas como El Tesoro de Sierra Madre, La Jungla del Asfalto, La Reina de África, Medalla Roja al Valor, Moulin Rouge, Moby Dick... en las que podemos apreciar a un director en estado de gracia. De ese periodo me ha faltado por mencionar la película que os hablaré a continuación, Cayo Largo
La historia en cuestión nos traslada hasta los cayos de Florida, un archipiélago formado por más de 1000 islas de diferentes dimensiones al sur de la costa de dicho estado norteamericano. Frank McCloud, un ex-combatiente de la Segunda Guerra Mundial acude a una de estas islas, Cayo Largo, para presentar sus respetos al anciano padre y a la joven viuda de un soldado que murió bajo sus órdenes en Italia. Ambos regentan un pequeño hotel actualmente cerrado y vacío por la temporada baja, a excepción de un sospechoso grupo de cinco hombres y una mujer que parecen estar de paso. Al poco descubrirán que en realidad son una banda de gangsters capitaneados por el legendario Johnny Rocco, que vuelve del exilio, con los cuales se verán obligados a permanecer encerrados en el hotel como rehenes al estallar un huracán. Únicamente Frank será capaz de plantarles cara, a pesar de haber perdido todo espíritu de lucha tras la guerra y el descontento del regreso a casa.
El guión está basado en la original obra de teatro de Maxwell Anderson con un trama similar aunque diferentes personajes. Y es que tras volver del rodaje de El Tesoro de Sierra Madre, Huston se encuentra con la obligación de adaptar y dirigir esta cinta para la Warner Brothers. Para ello decide elaborar el guión junto a un conocido suyo, y de Humphrey Bogart, el escritor y guionista Richard Brooks, futuro director de joyas como La gata sobre el tejado de zinc o Lord Jim, y que estaría presente durante el rodaje para aprender todo lo posible de su mentor, Huston. Tanto este último como Brooks no terminaban de convencerse con el original de Anderson, por lo que reinventar parte de la historia en busca de una mezcla de géneros pocas veces visto con anterioridad. Si antes los villanos eran unos bandidos mexicanos, y el protagonista un desertor de la Guerra Civil Española, estos pasaban a ser miembros de la Mafia y un veterano de la Segunda Guerra Mundial.

Dicho conflicto bélico cambió la sociedad americano de arriba a abajo. El final de la prohibición, el despunte económico, y la guerra acabaron con los estamentos de la Mafia tal y como la conocimos en los años 20 y parte de los 30. Eso se puede ver perfectamente reflejado en el personaje de Johnny Rocco, una leyenda del crimen organizado que se vio obligado a huir de su país ante la pérdida de poder que supuso la propia evolución de la sociedad, algo a lo que él no quiso aferrarse. La elección de Edward G. Robinson es seguramente el mayor acierto de la película, ya que el consagrado actor se hizo un nombre en Hollywood dando vida en gran número de ocasiones a este tipo de personaje. A mediados de los 40, y ante el declive del cine de gangsters, Robinson se centró en otro tipo de papeles, como podemos ver en las dos cintas que hizo con el director alemán Fritz Lang, La Mujer del Cuadro y Perversidad. El cine negro estaba en pleno apogeo, Robinson era una de sus estrellas, por lo que la Warner decide enfrentarle con otra de estas, Humphrey Bogart. Bogart, al igual que Robinson, había alcanzado parte de su fama con el cine de gangsters, si bien fue de los primeros que cambió de tercio pasando a ser el tipo duro, pero ocasionalmente galán, de la década de los 40. Fue junto a Huston con quien Bogart legó algunas de sus mejores actuaciones, ya que sus personajes tenían una profundidad y solidez que pocos guionistas podían ofrecer por aquel entonces al neoyorkino. En el caso de Cayo Largo, Frank McCloud ha vuelto desencantado de la guerra. Ha sido testigo de primera mano del sacrificio de miles de vidas inocentes por culpa de aquellos poderosos corruptos que dirigen al resto. Su espíritu combativo se ha visto mermado. Ya no tiene convicciones, ni sueños, ni metas. Es un hombre ambiguo que no sabe muy bien que hacer con su vida... hasta que conoce a la familia Temple, un ejemplo de todas las familias, que a pesar de encontrarse indefensas, aún tienen un motivo para resistir y luchar. Esto alentará a McCloud.


Los Cayos de Florida destaca por el terrible clima tropical que asola la zona gran parte del año. El calor y la humedad son constantes, lo que hace la vida más difícil a sus habitantes. Si esto no fuera poco, su proximidad a la zona del Caribe implica el constante riesgo de tormentas, pequeños tsunamis, ciclones... cuando todas estas adversidades repercuten en el estado de ánimo de una persona, hay que añadirle la presión del obligado aislamiento al que se ven sometidos los protagonistas de la cinta en el pequeño hotel. La presión constante, la asfixia, la angustia... todo esto hace mella en los personajes, desbordando de reacciones diferentes. Nos encontramos ante un thriller de categoría que aúna lo mejor de una serie de géneros como el drama, cine social, cine de acción, cine negro... junto a duelo interpretativo con mayúsculas. Junto a dicho tándem (Robinson-Bogart), nos encontramos a Lauren Bacall, más que correcta en su papel; al posiblemente mejor secundario de los años 30 y 40, Lionel Barrymore, dando vida al viejo Temple, en un papel que me recordó en cierta manera al que interpretaba con una brillantez que desgarraba en Remordimiento (Ernst Lubitsch, 1932), y por supuesto a Claire Trevor, una de las mejores interpretes del cine clásico, bastante olvidada a día de hoy, y que ganó el Oscar por su fabulosa interpretación de una cantante en declive y con serios problemas de alcohol. Trevor protagoniza la mejor escena de la película (junto a la presentación de Rocco en la bañera) en la que interpreta una antigua canción a cambio de un vaso de whisky.
No es un joya. No es una obra maestra. Pero es una gran película digna de todo elogio y merecedora de un visionado, o revisionado. Disfrutad de ella.


@solocineclasico

1 comentario:

  1. Hola me gustaría ver on line el Dr Zhivago, alguna sugerencia? A modo de homenaje de la muerte de Omar Sharif

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