martes, 7 de enero de 2014

Películas - Años 60: Al final de la escapada (1960)


À BOUT DE SOUFFLE (8/10)

Nos encontramos a finales de la década de los 50 y principios de los 60,  un grupo de críticos franceses han fundado una revista, Cahiers du Cinéma, donde se hace una reivindicación del cine de autor y se alaba a directores como  Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Nicholas Ray, Fritz Lang, Jean Renoir o Max Ophüls, entre otros. Poco tiempo después, este grupo de críticos –entre los que se encuentran  Jacques Rivette, Jean-Luc Godard, François Truffaut o  Éric Rohmer- saltan a la acción y, poco a poco, se van poniendo detrás del objetivo para dar paso a lo que se conoce hoy día como Nouvelle Vague, ese movimiento que criticaba el excesivo profesionalismo existente en el cine y del que hablaba con extrañeza Audrey Hepburn y William Holden en Encuentro en París (1964). Claude Chabrol y Alain Resnais serán los que abran la veda de la “nueva ola”, pero dos obras consolidarán las bases de este recién nacido movimiento en el que prima la espontaneidad: Los cuatrocientos golpes, de Truffaut; y Al final de la escapada, de Godard, de la que vamos a hablar hoy.
La ópera prima de este peculiar director francés se rodó durante el verano de 1959, con bajo presupuesto y en tan solo un mes; pero tan humildes cimientos no impidieron que se convirtiese en una auténtica revolución cinematográfica y, como reconocimiento, la crítica francesa la galardonó, además de conseguir el Oso de Plata de Berlín y el Premio Jean Vigo. Sería también el comienzo de la “marca Godard”, ya que el cineasta expone en Al final de la escapada los credenciales tan reconocibles, tanto en el montaje como en la fotografía, que aplicará en sus siguientes obras. Además, el director empleará técnicas que cambiarán la visión del cine y que serán copiadas con posterioridad por otros cineastas.

"Los chivatos se chivan, los ladrones roban, los asesinos matan, los amantes aman..."

Mucho se ha hablado de su cámara al hombro, del travelling final, de sus encuadres “descuadrados”, de la exageración del sonido o de sus escenas en exteriores con público de verdad –los cuales miran extrañados a la cámara e incluso se cruzan delante del objetivo-, pero lo verdaderamente provocador es su estilo de montaje innovador y, a la vez, radical, en el que se realizan cortes de planos dentro de secuencias, por los
que los fallos de racord son habituales. y las elipsis, una constante. Bien es cierto que el primer montaje de la cinta duraba al alrededor de tres horas y había que cortar por alguna parte, pero este francés se deshace de todo lo innecesario de manera drástica y se olvida de encadenados, sobre-impresiones, fundidos en negro… del corte discreto, en general. Godard rompe desde esta primera película con el cine estrictamente narrativo e introduce aspectos totalmente vanguardistas para la época como la ruptura de la ficción, haciendo que los personajes interactúen directamente con el espectador; o añadiendo multitud de referencias literarias y cinematográficas. Insertos de películas, libros, citas, slogans, cuadros… todo vale. Vive la liberté! 
Tanta revolución parte de una trama muy sencilla que le ofreció el propio Truffaut y que el mismo director desarrolló en un guion –aunque si ahondamos en los testimonios de sus rodajes sabremos que los guiones de Godard empezaban siendo una cosa y acababan siendo otra-. La historia que nos viene a narrar el film es la de Michel Poiccard, un pequeño delincuente que decide ir a París a cobrar un dinero que se le debe para poder marcharse a Italia y a persuadir a la bella Patricia para que se marche con él. En ese camino, matará accidentalmente a un policía. Sin duda, se trata de un argumento básico -sacado de la noticia de un periódico-, pero que le sirve a Godard para indagar en las relaciones personales de los dos protagonistas a través de diálogos frescos y espontáneos en los que se mezcla lo intelectual con lo básico y en los que se tratan abiertamente y con absoluta naturalidad las relaciones sexuales esporádicas.
Es necesario hacer un punto y aparte para destacar a la pareja protagonista del film formada por un casi desconocido Jean-Paul Belmondo, que borda el papel de nihilista que adora (e imita) a Bogart y que posee una química bestial con la bellísima Jean Seberg, que le da frescura a la cinta con su dulce voz y su acento americano a la hora de hablar francés, sin ser una gran intérprete. Será ella quien nos regale una de las mejores escenas de la película –junto a la larga secuencia que comparten juntos en una habitación y que ronda los 15 minutos de duración-, en la que vende periódicos al grito de “New York Herald Tribune!”. A destacar también los bellos Campos Eliseos, que se convertirán un personaje más de la cinta y  los cameos del propio Godard y del también director Philippe de Broca, que serán clave.
Imposible pasar por alto la ópera prima de este iconoclasta llamado Jean-Luc Godard que, rompiendo con todo de forma provocativa, marcó el camino a cantidad de nuevos cineastas, cambiando el cine de alguna manera. Sin embargo, solo él ha sabido conservar ese sello inconfundible a lo largo de su filmografía. 
Al final de la escapada abre una etapa en el cine de Godard que se cerrará con su obra gemela –a la inversa- Pierrot, el loco. Pero eso, amigos, es otra historia y, por tanto, otro post.

Podéis ver la película aquí:

@Peripecias58
@solocineclasico

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