miércoles, 25 de septiembre de 2013

Películas: Años 40 - El extraño (1946)


THE STRANGER (8,5/10)

Con Orson Welles podemos encontrarnos las paradojas y curiosidades más interesantes del cine clásico sin lugar a dudas. Difícilmente vamos a encontrar hoy en día alguien que se atreva a criticar su trabajo escudándose siempre en que si la obra no reunía las condiciones necesarias fue porque el montaje no era el que Welles deseaba ofrecer a su público. En cierto modo puede ser verdad, ya que en mi opinión sus dos mejores películas fueron con las que contó con el control absoluto del montaje, o casi. Me refiero por supuesto a Citizen Kane y Falstaff. Luego nos encontramos con los conocidos casos de The Lady from Shanghai, Touch of Evil o The Magnificent Ambersons, que sigues siendo consideradas obras maestras a pesar de su mutilación en la sala de montaje por parte de las productoras. Y luego hay películas con las que, a pesar de ciertas dificultades, contó con un control casi total, y que sin embargo hoy en día no son tan recordadas como las anteriormente mencionadas, como son sus dos adaptaciones de Shakespeare y la película que nos atañe hoy, The Stranger.
Orson Welles era a finales de los 30 el chico maravilla. Hollywood había depositado muchas esperanzas en él y no defraudó, ya que la hasta hace poco se consideraba su ópera prima, Citizen Kane, es considerada la mejor película de la historia (algo con lo que estoy de acuerdo), y la película que le siguió, The Magnificent Ambersons, también ha sido alabada durante el transcurso de los años. Y sin embargo... nos encontramos que en 1946 Welles estaba en un auto impuesto paro. Se dedicaba a dar conferencias en diferentes universidades, a escribir artículos en periódicos, escribir en la radio, el teatro... pero parecía haber abandonado el cine, o al menos la dirección. Sin embargo Sam Spiegel (mítico productor de películas como The Africa Queen, On the Waterfront, The Bridge on the river Kwai o Lawrence from Arabia) le convenció para dirigir y protagonizar la adaptación de la novela de Victor Trivas sobre la caza de un nazi fugado a Estados Unidos. 
La trama comienza en Alemania cuando la Comisión de Crímenes de Guerra encabezada por Mr. Wilson (Edward G. Robinson) decide liberar a un preso llamado Meineke que sospecha podría volver a reunirse con su antiguo jefe, Franz Kindler (Orson Welles). Le sigue hasta el tranquilo y amigable pueblo Harper, Connecticut, donde descubre que dicho personaje se ha cambiado el nombre por Charles Rankin, y es un respetado profesor que está a punto de contraer matrimonio con la hija (Loretta Young) de un juez de la Corte Suprema. A pesar de perder la pista de Meineke en dicho pueblo, Wilson no tardará en sospechar de Rankin y tratará de atraparle haciendo uso de su astucia.
Acabada la guerra el propio Welles tenía una columna de opinión en el New York Post donde afirmaba que no creía en la posibilidad de que el pueblo alemán fuese a cambiar su conducta y sentimientos de la noche a la mañana aceptando la democracia por el régimen que le había gobernado durante tantos años. Welles siempre se mostró crítico en este aspecto y fue esta opinión fielmente reflejada en su película en una de las mejores escenas cuando habla con Wilson sobre esto. El personaje de Kindler es un claro reflejo de la opinión de su director, afirmando que la Tercer Reich acabaría levantándose de nuevo en la próxima guerra. También fue el primer cineasta que mostró al pueblo americano en una película imágenes de los campos de concentración nazis y de sus cámaras de gas en una escena de la película.
Y he aquí que nos encontramos nuevamente un personaje propiamente Wellesiano. Cuesta encontrar algún papel de los que interpretó y dirigió Welles donde no diese vida a un personaje enigmático o malvado. Welles era, esto es de suponer, de los que compartían la opinión de Hitchcock de que la calidad de una película se medía por el villano de la misma, razón por la que se reservaba dicho papel. Esa es el motivo por el que sus personajes no son nunca puros o dignos de considerarse héroes. Charles Foster Kane, Michael O´Hara, Macbeth, Othello, Mr. Arkadin, Hank Quinlan, Falstaff, el propio Harry Lime, y por supuesto su Franz Kindler. Pero de esto ya hablaremos otro día, ya que lo encuentro muy interesante y digno de análisis.
En un primer momento Welles pidió al productor Sam Spiegel que el papel de Wilson fuese el de una mujer, y recomendó especialmente a Agnes Moorehead, con la que había trabajado en el Mercury Theater y en sus dos primeras películas. Sin embargo Spiegel se negó afirmando que ya se había contratado a Edward G. Robinson y no había marcha atrás. Esta fue la primera vez que Welles trabajó con auténticas estrellas del celuloide como Robinson y Young, y le costó llevar a cabo su tarea de director en dichas circunstancias. Si bien Loretta Young jamás dio un problema a Welles y la relación entre ambos fue encantadora, ocurrió todo lo contrario con Robinson. Este estaba acostumbrado a ser la estrella de sus películas y nunca llevó bien la capacidad de Welles para comerse la pantalla cuando compartían alguna escena. También tuvieron problemas a la hora de rodar algunas escenas, especialmente con la de la escalera del campanario que Robinson se negaba a subir.
Edward G. Robinson está genial como siempre en un papel que le va como anillo al dedo, al igual que Welles. La única que me chirría es el complicado papel de Young, que únicamente está a la altura al final de la cinta. Lo bien que habría estado en ese papel una actriz como Gene Tierney o Rita Heyworth...
A pesar de todo ello, Welles terminó de rodar la película en el tiempo previsto. La cinta tuvo únicamente un corte de unos 20-30 minutos en los que se veía a Meineke buscando a Kindler por diferentes lugares del mundo antes de hacerse con su pista en EEUU.
Cabe destacar la magnífica banda sonora de Bronislau Kaper, y la cuidada fotografía de Russell Metty con picados y contrapicados marca de la casa Welles.
La película consiguió una nominación al mejor guión, que por cierto, no escribió Welles, convirtiéndose además en uno de sus mayores éxitos comerciales.

Aquí podéis ver la película online:

@solocineclasico

3 comentarios:

  1. He perdido la cuenta de cuántas veces he visto esta película. Me encanta. Grande Welles y grande Edward G. Robinson que demuestra, una vez más, que no importaba el papel que protagonizara. Siempre lo bordaba. Abrazos.

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  2. Coincido con Marcos en decir que no se cuántas veces he visto esta película. Es una de mis favoritas para una tarde aburrida porque siempre le saco algo nuevo. Y también coincido contigo en que Robinson es siempre uno de los grandes haga al papel que haga, que Welles borda su interpretación y que la Srta. Young "ni pincha ni corta", como dicen en mi tierra. Me ha encantado enterarme de algunos detalles de la producción, así como que E.G. Robinson se sintiese "aturdido" por la personalidad de Welles. Gracias por estos ratos buenos que me haces pasar hablando de buen cine :)

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  3. La vi por primera vez el fin de semana pasado y desde ahí tengo las imágenes en mi cabeza. En opinión de una simple aficionada, creo que a Orson Welles le gustaba entregar un producto artístico de calidad y por eso se preocupaba hasta el último detalle. Yo veo estas películas y pese a que son antiguas, le encuentro mejores recursos cinematográficos que los que se utilizan hoy, además de las actuaciones y del guión. El tipo sabía contar historias; es como el Faulkner del cine.

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